Cuento de hadas

ÉL solía cantar melodías guturales cuando estaba solo; sonidos secretos que jamás repetía al momento de enfrentarse al mundo maullador, pues siempre se mantenía al margen de la bohemia y la taquilla de las feromonas.

Ese percudido terno, herencia de un tío abuelo fallecido en mitad de los ochenta, era la armadura fetiche que jamás abandonaba. Bajo ese traje beige, ajustado y con olor a macho, se escondía un virginal cuerpo fibroso, con calugas que aguardaban sin arrogancia, bajo un pelaje tupido que le cubría el torso y parte de la espalda.

Al cumplir quince años dejó de salir a la calle y se encerró en su pieza, a esperar la vida, que transcurría en stereo al otro lado de la pantalla del PC.

Ese mismo año tapizó en orden alfabético toda la pieza; con láminas del álbum “Basuritas”, que alguna vez coleccionó en esa infancia lejana y sombría. 

ELLA entró en su vida una madrugada de chat, a eso de las cuatro y media, en la penumbra de la pieza, mientras estrujaba el casco sonrojado de esa callampa jugosa y con olor a piure, observándole las pechugas pequeñas pero de grandes pezones morenos.

El Nick de ella era “Motoquera de la Chile”.

El de él “Joven honrado/Profesional/Longaví”.

A los quince salió a la calle y no volvió a entrar, pues ese había dejado de ser su hogar, aquel día, cuando el padrastro comenzó a violarla. Y aunque al comienzo se resistió, con los años se vio inundada por esa fiebre uterina más parecida a la tibieza del odio.

Muchos años después, comprendería que esos orgasmos eran la venganza contra aquella madre que permitía lo que permitía. Hasta que un día ya no aguantó más y se lanzó a las avenidas, vendiendo helados en las micros y cargadores de celulares en las esquinas.

De a poco fue consiguiendo su independencia y al cumplir veinte ya tenía una pequeña vulcanización con repuestos para motos en pleno Diez de Julio.

ELLOS sintieron el choque de partículas desde la primera vez, cuando tuvieron orgasmos múltiples al mismo tiempo, a través de la web cam. Pronto continuaron en moteles del centro de Santiago, solo los domingos después de almuerzo, cuando él llegaba del sur, pues allá vivía junto a esa novia con la que estaba a punto de contraer matrimonio. Venía por el día a cerrar negocios con Herbalife, le decía a la inocente, y ella creía, pues gracias a ese incipiente negocio habían podido postular al subsidio.

Entonces el joven honrado usaba el arma de forma muy profesional, como describía su nombre en el chat; con vaivenes sonoros, abriéndose paso con esa carne venosa que sabía encontrar el clítoris estilado de tanto deseo.

La motoquera había encontrado por fin esa otra mitad que compartía su paladar morboso; donde la ropa de cuero, los corsés de plástico, los guantes y cascos para motos, eran los juguetes que copaban la pieza con olor a grasa y dióxido de carbono. Aquel amante que aparecía dos veces al mes era lo más parecido a una relación que jamás había tenido. Fue entonces, aquel domingo, cuando le anunció que se casaba en dos días, que se dio cuenta de cuánto lo extrañaría.

Y cuando estuvo parado frente al pastor evangélico, tomando la mano de esa novia casta y recatada, pensó en cuánto amaba a esa extraña de la capital.

– “Súbete a la moto y vámonos pa mi casa hueón”- oyó desde la entrada del templo, bajo el graznido escandaloso de ese gigantesco corcel metálico.

Huyó aferrado a la espalda plastificada de su princesa azul, como el equipo futbolero que flameaba en cada espejo retrovisor, mientras ella aceleraba el carruaje en mitad de la carretera que se abría ante esa Harley Davidson, donde iba un novio raptado que entibiaba el viaje con las manos guardadas en la parte delantera de ese calzón audaz.

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