El hombre más deseado de facebook

- “¡Soy el hombre más deseado de Facebook!”- se escuchó decir en el interior de su macizo cerebelo, mientras se masturbaba observando las fotos de Lorenzo Tagle.

Eran las diez de la mañana y las nuevas fotos ya estaban publicadas en su perfil. Ahora solo quedaba esperar que las libidinosas señoritas mordieran el anzuelo.

En la tarde preparó cebolla en escabeche, barrió la vereda, desgranó choclos, le dio de comer a los perros, sacudió los colchones, y cuando el sol empezaba a esconderse, planchó todos los vestidos de su madre; que llegó a eso de las nueve de la noche.

– “¡¿Por qué no enceraste flojo de mierda?!”- preguntó la señora desde la mesa, al mismo tiempo que tragaba pastel de choclo y revisaba con mirada incisiva el suelo de madera.

– “No había cera mami”- explicó él, tiritando desde su rincón.

– “¿Cuál fue mi pecado Emmanuel del Cielo? ¿Por qué chucha me mandaste un cabro retardado?, ¡Estoy condená a llevar ésta cruz a la tumba!, ¿Qué mujer va a querer hacerse cargo de un monstruo tan feo como vos?”- lanzó sin escrúpulos, escupiendo restos de comida y golpeando la mesa.

Su nombre era Tito Nacimiento; hijo de madre gendarme y padre desconocido. Fecundado un veintinueve de febrero en la cárcel de Puerto Montt, y parido cinco meses después, entre calabozos húmedos y delincuentes sin nombre. Quizá alguno de esos que miraban tras las rejas era su padre, jamás lo supo, tampoco había tiempo para averiguar esas estupideces; amenazaba la gendarme.

Y cuando el pediatra anunció aquel leve retardo mental, la madre comenzó a odiar, aún más, a ese espermio sin dueño. Juro entonces descargar su ira en el muchacho y ese mismo día comenzó a tratarlo como un sirviente.

Aquella noche, Tito Nacimiento se encerró en su pieza, después de lavar la loza y encerar el piso con sus lágrimas, celebró sus treinta y cinco años en silencio, oyendo el ronquido de la vieja, al otro lado de la pared.  

En cambio, en su página de Facebook, la fiesta ardía. Sus cinco mil amigas, todas modelos o promotoras, habían saturado el muro con saludos de cumpleaños. Las nuevas fotos, robadas desde una página porno rusa, habían causado lo esperado.

Aparecía jugando futbol a torso desnudo, en otras, en la oficina con traje y corbata.

En ese mundo, el macho de su fantasía no conocía el miedo, ni el tormento de su sien. Su nombre en Facebook era Lorenzo Tagle, tenía diez años menos y la vida lo había dotado con un trabajo exitoso, un cuerpo espartaco y una morbosa ciber promiscuidad.

Cerró las cortinas, puso la tranca en la puerta, saludó a sus amigas del chat y volvió a masturbarse como en la mañana; observando su cuerpo marchito, la calvicie manchada por la rosácea, los pelos de la nariz, las verrugas de las piernas y los ojos luminosos, como si pertenecieran a una criatura de la noche.

Entonces concentró su mirada en las fotos de Lorenzo Tagle, deseó su cuerpo, su vida, sus mujeres, incluso anhelo tocar su piel y sus axilas, y justo cuando salpicó con semen la pantalla del computador, la alarma del reloj sonó.

Era media noche y debía dormir. Pocas horas después le sirvió el desayuno a la gendarme que custodiaba su locura. Al medio día limpió el gallinero, preparó porotos granados y lavó las alfombras en la batea. Solo después de picar leña para la salamandra, se sentó a descansar en un piso de mimbre en la vereda.

En los pantalones tenía manchas de semen que parecían sopa y la mañanita de lana deshilachada le quedaba apretada de axilas.

Comments