Las aceitunas

Las Marías traían la piel manchada con tierra, pegaba al cuerpo con ese sudor subversivo que les marcaba las líneas de la pobreza en el rostro embarrado.

Y con las manos ásperas le arrancaban los pezones a la oliva triste, en tardes aún más tristes, para luego echarlos a correr por el destino desigual de aquellos potreros en picada.

Pero ellas no tenían almas de temporeras. Por eso fueron expulsadas del Valle de Lagrimas del Huasco, cargando ese apodo despectivo que les dieron en las faenas del olivar.

– “Las aceitunas se van pa la capital”- murmuró alguien; un rancio atardecer de verano.

– “A maraquear van”- agregaron con envidia.

Y así emprendieron el viaje, huyendo del polvo para encontrar la tierra semen-tada de la ciudad, que en ilusos sueños les entregaba el deseado cimiento de la felicidad.

Gemelas apasionadas y soñadoras, menudas y azabaches como el pezón del árbol.  Sobrevivientes como la raíz incandescente del tronco de la aguada.

Aquellas aceitunas comenzaron a girar al final de un crepúsculo tibio y sin viento, cuando abandonaron la cosecha y enfrentaron al terrateniente con mochila al hombro.

Unas terminarían navegando en las excitantes aguas del martini, en copas lozanas y congeladas, manoseadas por dedos poderosos y canallas.

Otras terminarían ahogadas por el tufo encebollado de la pichanga, el escabeche y los culos de alcachofa; perdidas en alguna vitrina de la Vega Chica, en un pasaje cagado por gatos callejeros y pulguientos.

María de la Epopeya terminó siendo una mujer ambiciosa, desleal, prepotente, de cuesco lumpen, rápida con la cuchilla y la libido, asuntos que manejaba con destreza en madrugadas baboseadas de sangre, semen y lagrimas, allá en el límite de la Vega Chica con la Grande.

Por cinco Lucas entregaba el servicio en la colchoneta en suite que escondía entre los basureros, donde descargaban la verdura y la fruta, los mismos camioneros, que después lamían y saboreaban su cuerpo entre escabeche y vino en caja.

María del Apocalipsis, la otra gemela, terminó siendo una mujer solidaria, fiel, amable, de cuesco fino, rápida con la tarjeta de crédito y la libido, asuntos que manejaba con destreza en madrugadas sudadas con sabor a semen y dinero, allá en el límite del barrio El Golf con Alcántara.

Por mil dólares entregaba el servicio en una pieza en suite en el último piso del Ritz, después de tragar con pena, las aceitunas de todos esos martinis que conseguía en el bar, antes de subir.

Y las aceitunas continuaron girando en direcciones contrarias, rodando cuesta abajo.

Cayendo a la deriva de aquel valle pavimentado.

Dos hermanas errantes en temporada de cosecha de almas ingratas y amores pornográficos.

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